Cuando su coche desaparece tras los
árboles del camino, entro en la caravana y me preparo el desayuno,
mientras observo el cuaderno cerrado sobre la mesa. Intento retardar
el momento de comenzar la lectura, paladeando la incertidumbre sobre
cuál pueda ser su contenido. No quiero hacer hipótesis, sólo
contemplar sus dimensiones, su raro color, las marcas que el uso ha
dejado grabadas en su portada y en sus esquinas. Mediada la segunda
taza de café, abro las tapas marrones con manos temblorosas. En la
primera página hay un dibujo: dos figuras de esquemática silueta
gritan a ambos lados de una rueda con forma de estrella; otra figura,
que aparece de espaldas, observa la escena y lanza una exclamación
de sorpresa. Ningún comentario que aporte una pista, sólo algunos
trazos de una simplicidad casi infantil subrayada por el empleo de
tres globos de viñeta dibujados con prisa. Comienzo a pasar hojas y
descubro que se trata de un cuaderno de notas, algunas de ellas
encabezadas con fechas que comienzan en abril del 67, aproximadamente
un mes después de que yo empezara a escribir en esta caravana los
primeros capítulos de la biografía, las anotaciones diarias sobre
la vida en [o detrás de] Big Pink y algunos apuntes para las
historias sobre las despedidas. Me gusta su caligrafía, es lo
primero que constato, y enseguida comprendo hasta qué punto me
intriga y me inquieta conocer el contenido de estas páginas.
Salgo a pasear hasta el arroyo,
confiando en que el aire fresco consiga ahuyentar esta desazón. El
cuaderno queda sobre mi cama. Sonrío al darme cuenta de que es casi
del mismo color que la manta, sólo un poco más clara que la tinta
empleada por Dylan en su escritura.
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